
Cierro los ojos. No para oler. Para imaginar.
Para imaginar que cierro los ojos y que huelo.
La humedad entra profunda y directa a los pulmones y se siente frío. La humedad huele a libro viejo, a polillas, a ropero recién abierto.
También está el mar, cercano, grosero, soplando un vaho de pescados. También la vejez, siempre estuvo. Estuvo en mi abuelo, en mi tío, ahora en mi padre. Ahora es su espacio. Ahora es su olor. Es el olor de mi infancia sin embargo.
Abajo el jazmín.
Con un olor que sube, enredado.
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